Los aportes de Colombia al Español

Intervención de Yolanda Soler Onís, Directora del Instituto Cervantes de Varsovia
Vídeo conferencia Varsovia-Bogotá, 23 de junio de 2012.

             Otras Voces

           Unos vienen del azul, otros fueron sombras en el fondo de los ríos antes de ser rozados por el arco iris; algunos descienden de su lugar celestial para deambular por la tierra transformados en animales: unos como culebra de agua, otros como puma, o como zorro guache y hay quienes nacen de las piñas como los Barí.

           Hiwis, yanaconas, camsá, yuri, epenas, piaroas han hecho durante siglos de la palabra su monumento.

           Mitos, ritos, leyendas, ceremonias de iniciación, cantos para sanar han sobrevivido en su memoria a invasiones, reducciones, evangelizaciones o traducciones. Es la palabra, en las diversas lenguas, quien les da la medida de las cosas, la relación con el mundo que les rodea y una peculiar concepción del tiempo. Una continuidad entre el espacio mítico y el natural que pervive en el imaginario de toda una nación y que a través de sus escritores, acude a enriquecer la literatura en lengua española.

           Como depositarios de una tradición oral milenaria, los nuevos escritores en lenguas indígenas de América, que eligen escribir no solo en su lengua sino también en español, han de sortear no pocos obstáculos porque, además de enfrentarse a la tarea de crear, tienen también que preocuparse de fijar los alfabetos, ya que existen todavía numerosas lenguas amerindias desprovistas de alfabeto o poseedoras de distintos sistemas de escritura. Es esta una literatura que, en su vertiente indígena, cuenta con escasos destinatarios debido a la ausencia, por lo general, de una educación bilingüe.

           Esta palabra escrita supone mucho más que un gesto, precisamente porque aparece coincidiendo con el debilitamiento que, en la actualidad, sufren las lenguas indígenas de América. Expresa, además de un deseo de reconocerse en la diferencia, un afán por compartir ese legado, otra forma de mirar. Como el yanacona Freddy Chikangana – que obtuvo en 2008 el primer premio de poesía de ámbito mundial otorgado a un escritor indígena colombiano, el Global de Poesía Nosside- los escritores que asumen esta tarea son conscientes de que en el tránsito entre un idioma y otro siempre hay una pérdida y una ganancia, de que escriben desde concepciones del mundo diferentes porque son culturas distintas; pero consideran, también, que hay un momento en el que la lengua ajena se convierte en propia. Sucede cuando la palabra se hace parte de los símbolos, mitos, rituales y religiosidad: el lenguaje poético es el único capaz de atenuar las diferencias culturales.

           Defienden por todo ello el trabajo riguroso en la palabra y por la palabra, sin concesiones que desvirtúen la poesía tradicional; es necesario un rigor en el trabajo literario, formas y contenidos; un conocimiento y dominio de técnicas para procesar los cánticos, relatos, leyendas y rituales dotándolos del llamado “nivel literario”, dura labor que, por lo demás, incluye recopilar, transcribir – confiriéndole a la oralidad los códigos de la escritura – recrear – sin perder las esencias – y, en última instancia, traducir a la lengua predominante – el español en este caso- para acceder a un vasto universo de lectores.

           En la Amazonia, cuentan los Hiwi, creció un día, cuando los hombres no eran gente aún, el Caliaberri-Nae o Árbol de Todos los Frutos que, tras ser talado, dejó memoria de su tronco en el cerro Autana e hizo caer sus ramas y sus frutos, esos que después  habrían de extenderse por todo el mundo, contra la orilla colombiana del Orinoco. Ocurrió en el reino de lo diverso, un lugar con gente variopinta y extraordinaria, con pueblos en medio de la nada verde que abren las puertas de sus malocas hacia el oriente, donde hace mucho – en un tiempo en el que los animales se acercaban a las casas para relacionarse de igual a igual con los humanos- nació el mito de Yurupary. Allí el escritor aprende a usar las palabras para comprender, para interpretar lo que se expresa en otra dimensión, lo que pertenece a otro ámbito de conocimiento, pese a la dificultad que entraña dar a conocer y mantener, a un tiempo, el espíritu casi secreto de ciertas manifestaciones.